Al final imaginé que no me acostumbraría y sin embargo poco a poco me voy adapta
ndo. Lejos están los temores de no ser capaz de valerme por mi misma, aunque debo reconocer que aún queda la nostalgia y la incertidumbre por conocer tan de pronto y tan de repente cosas, gente y lugares a los que creo que aun no pertenezco - pero no por ello que no perteneceré nunca-.
Echo mucho de menos los olores de mi casa, y es que es así, las cazuelas de la comida, el olor de mi almohada, de mi Lunita, del perfume de mi madre, de casa. Y cuando les veo a todos juntos compartiendo fechas importantes como el reciente cumpleaños de mi abuela, no puedo dejar de contener las lágrimas porque no estoy allí con ellos; y luego me pongo a pensar que me pasaría exactamente lo mismo si es que no celebrara un cumpleaños con mi esposo.
Y es que la vida es así, un constante elegir. Lo bueno, de lo malo. Lo negro de lo blanco. Azúcar o edulcorante. Pasillo o ventana. Aquí o allá. Y muchísimas veces cuando decidimos algo no sabemos si sea lo más correcto pero si sabemos que es lo necesario.
He de decir que so
y feliz, por estar al lado del hombre que amo; pero sin embargo me causa mucha pena no poder estar y compartir esta felicidad que me llena por completo con mi familia (la de Perú).
Los días aquí han sido de lluvias, truenos y hasta relámpagos. Algunas veces brilla el sol en todo su esplendor y se refleja desde altas horas de la mañana en los verdes pinos que se asoman en el monte cuando veo por mi ventana. Esos días de sol me llevan a querer tener más de ellos. A sonreír, a hacer planes.
Menos mal tengo los días de sol, a ti y a todo eso maravilloso que me das. Gracias mi amor por todo y más.